4 de julio de 2008

Dia cero.


Estoy congelado. No lo puedo creer.
Veo el hongo asesino y aún me digo que no es cierto.
Pero lo es. Allí esta.
Al costado de mi mano quedó la comida sin probar; mientras navegaba en Internet, al igual que mis otros compañeros de oficina, saltó la primera información. Parecía una broma de mal gusto pero las principales cadenas de noticias lo confirmaron al instante. Quisimos ver las imágenes por la red pero todos los lugares de video estaban colapsados, entonces alguien recordó que había un televisor en algún sitio del depósito; llegó hasta allí y volvió corriendo con el aparato. Improvisamos como pudimos una antena y las imágenes en directo del canal local nos dejaron a todos como a mi.
Helados.
Aún no se como reaccionar, estoy embobado mirando la tv y tecleando lo que puedo.
-…la explosión se produjo a las 9 hora local de Los Ángeles cuando…-apenas escucho decir al periodista tapado por las todas las voces enloquecidas de mis compañeros.
Y si.
Si algún lugar del mundo la iba a ligar ese era “yanquilandia”. No es que crea que ellos la merecían, para nada. Nadie se merece semejante…atrocidad. Locura.
Pero hay que reconocer que en estos últimos años Estados Unidos no se ha hecho querer mucho en el resto del mundo. Y eso es decirlo suavemente. Han generado muchos odios, lo quisieran o no, y se han hecho blanco precisamente de esos odios.
Pero la bomba…
Las imágenes están tomadas desde muy lejos pero me ponen la piel de gallina; ¿Cuántos muertos habrá ya? ¿Y los que vendrán?
No se porqué tragué un bocado de mi plato y ahora siento grasa en mi boca, asco, pimienta, comino y ganas de vomitar. ¿Se puede “gustar” el miedo? ¿Saborearlo? ¿Tragarlo?
La nuca me grita y me tira para atrás; sin querer miro hacia el rincón y se suma a mis ojos el único tipo que aborrezco del taller, el “puto”, “el sorete”, “el mal nacido”, “el engendro de mierda” en su ordenado y pulcro país de “putoworld” o también llamado “Putolandia”; y no es que me molesten o discrimine a los homosexuales. Tengo amigos entre ellos, y es gente que me cae muy bien.
Pero para mi es muy diferente que te digan homosexual o gay a que yo te llame “puto de mierda”. Verán que de la segunda forma hay una carga de odio y bronca como para agarrar del cuello e ir apretando despacito, despacito.
De pronto toda esa violencia se me cae a los pies. No me atrevo a tomarla y llevármela puesta. Me asusta y la pateo lejos. Lo más lejos que puedo. No olvido. Pero algo más me ocurre.
No se que es. No lo entiendo.
Hay más imágenes desde otro lado, mucho más lejano y más claro o mejor dibujado el hongo; me repugna darme cuenta que algo tan aterrador y espantoso pueda verse tan limpio y claro, tan hermoso. Visto desde tan arriba. Desde muy lejos.
Como yo.
En esta punta lejana del mundo. Mi mundo. Mar del Plata. “La ciudad feliz”. No tengo ganas de reírme porque ya no me parece ni chiste siquiera.
No se que me ocurre.
Siento que estoy frente a un abismo que me separa de todo y nada parece muy real.
Niebla como en las rutas. Humo como en las rutas. Confusión.
Que distante me parece, solo un día atrás, la liberación de Ingrid Betancourt, las emociones que me provocó escucharla en la conferencia de prensa. La admiración.
Aún más raro era pensar en Argentina, en Cristina, el campo, mi magro sueldo, mis temores del futuro, mi madre muerta.
-… además quién pudo…- dijo Adrián tan cerca y apretado contra mi que su codo me provocaba más nausea.
-¿Quién?- grite yo.
No se. Sonó extraña mi voz y mi cara no tengo idea porque me miraron muy raro y luego optaron por no darme pelota.
-Quién habrá sido el hijo de puta.- no me fije quien lo dijo pero lo repetí como un eco deformado.
-Quien habrá sido el hijo de re mil puta.-
Y no se como ni porqué solté la primer lágrima.

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